Amamantar es una filosofía de vida

Amamantar es una filosofía de vida. 

Por: La mamá de Leida

Muchos creen que la lactancia es un tema que debe ocupar solo a mujeres embarazadas y a madres de niños recién nacidos, y como tantos lo piensan esta postura ha llegado a convertirse en una lamentable realidad; lamentable para las madres y sus hijos, lamentable para el desarrollo sostenible de los países y lamentable para el mundo. Por eso creo firmemente en que somos las propias madres amamantadoras las que, con nuestras vivencias, asumimos el compromiso de cambiar esta visión y -aunque suene utópico- cambiar el mundo… si, nos convertimos en heroínas de la teta y nuestra misión es luchar gota a gota por defender el más puro y genuino acto de amor que podemos promover: dar de mamar.

La experiencia de amantar cambia la vida de una madre para siempre, no es una etapa más de crecimiento que simplemente se supera cuando el muchacho deja la teta, no son vivencias que se olvidan al crecer tu hijo, te marcan, te redefinen de allí en adelante. Mi historia quizás se parezca a la de muchas otras madres pero es sin duda única porque amamantar, al igual que otros aspectos de la maternidad, es una aventura personal.

Cuando estaba embarazada me enfoqué en comprender y atender mi gestación, quizás no profundicé tanto en la preparación para la lactancia, pero si estaba segura de que quería hacerlo, pensaba que sabía lo necesario y lo cierto es que una cosa es la teoría y otra la práctica. Nació mi hija y no fue colocada inmediatamente en mi pecho, yo tampoco lo procuré, mi instinto materno parecía perdido entre el agotamiento del trabajo de parto. Hasta ese momento convertirme en madre para mí se centraba en poder parir y lo logré, era mi deseo como embarazada y creo es el objetivo de muchos servicios de salud con las mujeres gestantes, traer niños sanos al mundo ¿y luego qué?

Después de mi último pujo y el primer llanto de mi bebé, no recibí más orientaciones de nadie, nunca supe cuánto tiempo pasó hasta que nos trasladaron a una habitación y ese primer momento en que una madre primeriza se encuentra sola con su hijo definitivamente en algo debe parecerse al limbo. Fui atendida en un centro de salud público, era sábado, había pasado la hora de visita y nadie de mi familia pudo acompañarme hasta el área de hospitalización; permitieron la entrada de mi madre pocos minutos sólo para que ayudara a vestirnos y ese instante en el que una primeriza ve por primera vez a su mamá a los ojos después de convertirla en abuela es épico y merecedor de escribir otro relato.

Una paciente con la que compartía habitación me preguntó si la bebé había comido y ante mi gesto de negativa sugirió: Pégatela! Esa mujer de la que nunca supe su nombre y hoy no logro ni siquiera recordar su rostro, se convirtió en la heroína anónima de mi historia y fue hasta entonces que caí en cuenta que habían pasado nueve horas sin que mi hija recibiera su primer alimento, hoy sé que eso que me faltó se llama apego precoz y no lo disfrutamos, aun así es posible amantar.  Por supuesto no fue fácil, de los primeros intentos recuerdo a mi hija profundamente dormida y mis pechos goteando sobre su boca apenas entre abierta, su reflejo de succión dormía junto con mi instinto y así transcurrieron un par de días.

Nos fuimos a casa sin mayores indicaciones así que las semanas siguientes nos encargamos de construir nuestro propio método y descubrir nuestro propio ritmo. Los primeros días fueron una locura… hace cuánto comió? de cuál teta le di? por cuánto tiempo se pegó? Recuerdo que anotaba en un cuaderno las horas de las tomas, el tiempo que duraban, el pecho del que le daba y hasta el momento en el que hacia popo. ¡Como si eso importara! A veces ni entendía el fulano cuaderno, pero de alguna manera me daba seguridad, aunque no llegó ni al mes; nadie en su sano juicio hubiera logrado darle continuidad a mi particular práctica.

Tuve la fortuna de llegar con mi hija a la cuna de la lactancia en mi ciudad, el Hospital de Niños de Maracaibo, gracias a una amiga de la infancia que cursaba allí su último año del postgrado en pediatría ¡Bendito comodín! Y como la maternidad es la única profesión en la que primero recibimos el título y luego estudiamos, fue entonces cuando me preocupé verdaderamente por aprender y nutrirme para disfrutar esta experiencia en la que mi hija y yo estábamos literalmente “enganchadas”. Cuando me aprendía las respuestas me cambiaban las preguntas y así nos tocó superar una que otra grieta, corregir postura y agarre, alteraciones de horarios, crisis de crecimiento, consejos no solicitados y tantos desafíos que la lactancia exclusiva implica. Todo era ensayo y error, probar y corregir, mucha paciencia y confiar.

Alejadas del reloj y de las pautas logramos seis meses de lactancia materna exclusiva, llegó la alimentación complementaria y mi muchacha comía sopa con teta, mas nunca estuve limpia. Jamás hubo un plan ni la remota idea de cuándo parar y mi visión ya comenzaba a cambiar trascendentalmente. Conocí a La Liga de La Leche Internacional ¡otro regalo del cielo!, me apoyé en sus consejeras en línea cuando sentía que no estaba bien convertirme en un chupón humano o cuando a los 10 meses acepté una oferta de trabajo y le tuve miedo a que mi decisión pudiera forzar un destete temprano, singulares contradicciones de nosotras las madres. No tuve necesidad de crear un banco de leche, mi bebé ya no era tan bebé, y disfruté de permiso por lactancia hasta que mi hija cumplió un año. Aun así me realizaba extracciones diarias antes de salir a trabajar y la succión había hecho tal efecto que lograba recolectar manualmente en pocos minutos más de diez onzas como provisión para mi periodo de ausencia, esa leche era un verdadero trofeo.

Llegaron los 24 meses y la historia continuó. De aquella madre temerosa que no daba pecho en público por pena, pasé a andar por la vida con la teta al aire. Los reencuentros entre mi hija y su teta cuando yo regresaba de trabajar eran como de película, imaginen una escena en cámara lenta. Todo se solucionaba con teta: hambre, sueño, tristeza, miedo, enojo, enfermedades. Llegó la época del preescolar y la señorita seguía pegada, pensé en el destete pero realmente no estaba muy apurada, para esa época hacía cuando mucho dos tomas diarias, la de la hora de dormir era ineludible, los fines de semana eran para recuperar el tiempo perdido… amamantar y la sordera selectiva ya formaban parte de mi estilo de vida.

Cuando mi hija había cumplido cuatro años aun necesitaba su teta para dormir la mayoría de las noches, o por lo menos olerla acurrucada en mi pecho. Entonces Dios sembró una nueva semilla en mi vientre que no germinó, tuvieron que hospitalizarme para el procedimiento de rigor y pasamos por primera vez una noche separadas desde que nació, al volver a casa compartimos la tristeza de la pérdida. No tenía ánimos de darle pecho, se lo expliqué y lo entendió, así nos destetamos definitivamente, nada planeado, solo enmarcado por circunstancias inesperadas, no sé si fueron las correctas pero fueron las que yo elegí y la mejor lección que me ha dejado la maternidad es no juzgarme.

Hoy a sus seis años de vez en cuando jugamos a que le doy teta, aunque a ella le de vergüenza; yo me he descubierto con frecuencia extrañando su mirada mientras la amamanto. En total fueron cuatro años, dos meses y una semana derribando mitos, superando inseguridades, rompiendo patrones, desarmando complejos -todos míos por supuesto- porque Leida al igual que todos los bebés saben lo que es bueno y lo que les conviene, y es a nosotras las madres a las que (a veces) nos cuesta entender que basta con que nos haga felices para que esté bien. Hoy cuento mi historia con la esperanza de que pueda servir de estímulo o aliento para otras mamás que como yo, también quieran lo mejor para sus hijos, y es allí donde dar de mamar pasa de ser una decisión a una filosofía de vida inigualable.

Autora: Loisa Virginia Colmenares Castillo

 

 

 

 

 

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