LA LACTANCIA: UNA CONEXIÓN DE AMOR

LA LACTANCIA: UNA CONEXIÓN DE AMOR.

La creación de Dios es perfecta. Escuchar el llanto de mi bebé o tenerlo cerca, fue suficiente  para que mi cuerpo actuara con tal precisión en el lugar y el momento preciso. Es como si se ordenara asimismo para alimentar a otro ser. Sin embargo, eso no lo sabía. Una mami aprendiz,  desorientada, primeriza,  descubrió al final que su bebé es quien en realidad le enseñaría la más extraordinaria conexión de amor.

Una mañana del 22 de enero llegó mi príncipe amado, estaba todo cuidadosamente planificado, el carro que nos llevaría, la clínica, la pañalera, los doctores, el tetero,  la ropa, la sábana, cada detalle listo. Bueno… eso pensé.

Al verlo entre mis brazos dormido, imaginé que cargarlo, hablarle, darle todo lo que necesitara serían suficientes razones para verlo feliz. Cuando abrió sus ojos me observó fijamente, su mirada brillaba de inocencia y sonreía pero también noté que sus manitas y su boquita buscaban algo más. Horas más tarde,  le di una porción de tetero pero no era eso lo que él quería, al ponerlo sobre mi pecho intentaba encontrar algo con gran desesperación hasta que llegó al punto exacto, mi seno.  Había un pequeño detalle, no lograba succionar del todo bien. Se puso a llorar y mientras él lloraba,  yo también lo hacía. Estaba tan mal, me culpaba por no entender cómo ayudarlo. Mientras lloraba,  dejé mis pechos al aire y de esa manera insistió, lo intentó una y otra vez, una y otra vez hasta que de pronto sentí aquel apretón  ¡Lo había logrado!

Durante ese momento, se formó una conexión tan fuerte, entendí que mi cuerpo estaba listo para mi bebé, producía alimento sin cesar y sin ningún esfuerzo, su cara de paz, de tranquilidad, como si me dijese: “Mami, todo está bien”.

 

Sentí alivio por una parte, pero cuando lo cambié de posición para que succionara del otro lado  ¿Qué pasó? No quería salir la leche y empezó a llorar. Busqué la manera de extraerla pero solo alcance a sacar unas gotas. Me vi  al espejo y note que estaba amorfa, un seno más grande que el otro.  Comenzó a doler, me pesaba, no podía tocar ese lado porque era como acostarme sobre una piedra, me desesperé, lloré de nuevo, estaba sensible, despeinada, sin apetito, vuelta nada.

Finalmente, de tanto repetir con el extractor en plena madrugada, puse de nuevo a mi bebé en el pezón donde no quería salir el alimento y su fuerza para succionar era tal, que terminó destapándolo  por completo.

Al día siguiente, manché mi sostén y la blusa por ambos lados.  Tan solo ver a mi hijo o escuchar su llanto, automáticamente  salía la leche. Con el tiempo, ya no sentía mis pezones, perdí la sensibilidad, se agrietaron, me ardían, estaban irritados… creí tener dos  volcanes en continua erupción.

Con el pasar de los días,  las molestias y el ardor comenzaron a disminuir y cada vez que mi bebé lloraba, tenía dispuesta sus téticas para comer. En ese instante, no existía nada más. Verlo sonreír en mi pecho, disfrutaba su momento y no quería ser interrumpido. Estaba feliz y por consiguiente, yo también lo estaba. El tiempo pasaba y con él, los minutos más hermosos de mi vida. Le cantaba y él respondía con una sonrisa sin soltar ni por un segundo su tetica. Estaba enamorado.

Al final, comprendí que todo valió la pena, porque la lactancia es un momento único, especial, sublime, tierno, insustituible, que además de alimentar, es una felicidad mutua que no tiene comparación.  Es un milagro de Dios, una conexión de amor.

TaTaTiTa

Nombre y apellido: Marioska Colina

 

 

 

 

 

 

 

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