La segunda vez

La segunda vez

Y me encontré allí, nuevamente sosteniendo entre mis brazos ese conjunto perfecto de genes. Y Dios me decía otra vez: “Te amo, y creo en ustedes, más que ustedes mismos”, como hacen los padres cada vez que tenemos el suelo roto.

Y una vez más, otra vez, no podía alimentarla. Ema Valentina había llegado a perfecta, completa, oliendo a vida y yo la veía mermar. Allí, justo frente a mis ojos, mi hija lloraba de hambre, no lograba que se prendara del pecho y no tenía fórmula. Ya habían pasado seis días y sus pañales seguían tan secos como mi paciencia. Descubrí que es cierto: el infierno es ese lugar donde lo básico se hace inalcanzable, lo natural extraño y el llanto de tus hijos es eterno.

Me sentaba en silencio a pensar a gritos en una solución, veía mis senos rotos, endurecidos e insuficientes errar una y otra vez el camino a la  pequeña boca de mi hija, cuyo rostro cada día se tornaba más anguloso. La visita adelantada al pediatra confirmó lo que ya sabía, los escasos gramos que Ema trajo con ella se escurrían entre mis dedos. Aunque la abrazara constantemente no lo podía contener. Y allí mismo, en el consultorio del pediatra, apareció heroica, definitiva y llena de culpa para mí la tan buscada fórmula. No pasaron 24 horas cuando vino la sangre acompañando lo que ocultaba el pañal y allí si pensé seriamente que no era normal, justo ni de Dios lo que me estaba pasando.

Porqué si es natural amamantar no había podido hacerlo con mi primera hija? Porqué a tantas mujeres les cuesta? Porqué sentía que mi segunda hija no iba a sobrevivir?  Porqué en este país no hay fórmula ni para mí que no lograba amamantar a mi hija, ni para los bebes cuyas madres padecen HIV, por ejemplo,  y al gobierno no le importa? Porqué los asesores de lactancia que solucionan estos problemas me decían una y otra vez las mismas respuestas y no mejoraba? Porqué incluso no me creían el dolor que padecía aunque mis senos estaban rotos, sangrando y ni siquiera extrayéndome lograba una onza para alimentar a mi propia hija? Y una vez más, como cuando me enfrenté a la infertilidad antes de tener a Paula, me encontré con un universo de personas que creían que mi dolor, al igual que la infertilidad, era producto de mi imaginación. Y decidí entregarme a lo que viniera. Y allí todo cambió.

No creo que hubiese podido pasar de esa noche si mi vecina no hubiese llegado a mi casa casi de madrugada a amamantar a Ema. Si esa noche ella y su lactancia prolongada hacia su hija que ya supera el año y medio de vida, no le hubiesen permitido alimentar a Ema. Si unos días después no hubiese aparecido Servia y su manantial de amor. Y empezaran ellas dos a escribir una historia aparte, ajena a mí, en la que me enteré que Ema y ella se habían amado hace muchas vidas. Que así como Hipólita amamantó a Bolívar y le inyectó en su alma el deseo de libertad, con su leche llena de memorias de esclavitud; Servia y Ema comparten una historia que aún está por revelarse. Y allí cuando vi a otra mujer salvar la vida de mi bebé al ser su nodriza, permitiendo mi cuerpo y mente sanar las heridas y curarse de la angustia, viví en primera fila el milagro de alimentar tu bebé de tu cuerpo con toda su magnitud.

Soy mejor mamá ahora de lo que fui con mi primera hija a la cual no pude darle pecho? Definitivamente no. Nadie dio tetero con más amor que yo. Mis dos hijas han sido alimentadas, abrazadas y cargadas a libre demanda. No sé quién nos metió en la cabeza que ser mamá debe tener una sección diaria dedicada a juzgar a otras mamás. O que la verdad que nos sirva tiene que ser la verdad de los demás.

Nada en mi vida ha sido muy normal, dentro de lo que en esta sociedad es considerado normal. Tuve dos in vitros para tener a Paula, no pude amamantarla, la tuve por cesárea, no me informé acerca de lo que tenía o no derecho a exigir en la clínica. Ema llegó como un segundo milagro, por cesárea igual, en medio de un caos personal, luego de un embarazo con yoga prenatal, cursos preparatorios, montañas de lectura acerca de las leyes que supuestamente nos amparan a la hora de tener a nuestros hijos y en una clínica con un supuesto programa de parto respetado y cesárea humanizada en la que, de igual manera, debí amenazar a la enfermera de romperle el alma para que me dejara  en paz amamantando a mi bebé y el pediatra ordenó dejarla en el retén porque la habitación era “muy fría”.

Como si mi pecho no fuese el único lugar que necesitara. Como si el bebé fuese de él y no mío. Como si debiéramos pedirle permiso a la clínica para tener  nuestros recién nacidos cerca. Y resulta que sí. Que aquí eso pasa. Que hace falta además de un nuevo gobierno para éste país, una nueva comprensión de lo que es el nacimiento y dejar que las madres amamantemos a nuestros hijos de manera inmediata, si así lo deseamos.

No lo logré desde el principio, el dolor nunca desapareció del todo y aun hoy con 5 meses sangro algunos días y siempre hay una grieta en mis pezones. Servia continúa amamantando a Ema cada vez que se ven y no es alimento físico sino espiritual y es para mí un privilegio. Amamantar es definitivamente una bendición, un milagro, una garantía de vida en medio del caos que es nuestro entorno. No te hace mejor mamá que nadie. Te hace la mejor mamá para tu hijo, y para todos los hijos del mundo.

Autora: DENYSE CARRERO

 

 

 

 

 

 

¡Comparte!Share on FacebookTweet about this on TwitterShare on Google+Pin on PinterestEmail this to someone

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *